Se saludaron, hablaron banalidades unos minutos, hasta que comenzaron a avanzar a paso rápido para encontrar un café, cada uno apretó el abrigo contra su pecho, caminaban uno al lado del otro. Sentía como su corazón chisporroteaba alegría ¿qué importaba el frío?, solo una excusa para tomarse del brazo de él. Paraguas en mano había partido, demorándose a propósito, ansiosa por parecer natural, deseosa de hacerle creer que apenas si se interesaba por estar ahí. No sabía por que, pero tenía miedo de que los otros se enteraran de lo que ella sentía, porque la hacía sentir frágil, expuesta, por eso se reservaba todo.
Entraron a un bar, puesto que a esa hora ya no habían cafés abiertos. Conversaron largo rato, hasta que dieron las 11:30. Ella debía irse, él le ofreció acompañarla hasta su casa, pero ella solo accedió a que la acompañara a Lungotevere tor di nona, para tomar un taxi. Llovía, así que se fueron ambos bajo el paraguas de ella.
El taxi no demoró en pasar, fue una despedida cálida, pero de esas que dejan con gusto a poco. Se abrazaron fuertemente y ella se separó rápidamente para correr al taxi que en ese momento abría las puertas. Él se quedó allí, mirando cómo se alejaba el taxi, saludando con la mano, solo. Comenzó a caminar en dirección opuesta a la que se alejó el taxi, pronto se encontró con el ponte Sant'angelo. Aquellos ángeles apocalípticos le hacían sentir irremediablemente perdido, condenado. Cruzó el puente lleno de ángeles mal iluminados, solo por sentir aquella escalofriante sensación de incertidumbre infinita que lo asediaba, acompañada de aquellos demonios alados, disfrazados de bien, pero no sentía miedo. Sintiose sentenciado por aquellos jueces ciegos del destino, si. Él, estaba enamorado, otra vez.
Detalle ponte Sant'Angelo, Roma, noviembre 2007