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5 mar 2012

La muerte

... y hoy os deleito con la muerte en Tierra del Fuego


Cráneo de cordero, Tierra del Fuego, 2012

Cadáver de cordero, Tierra del Fuego, 2012

Cráneo y hueso de cordero, Tierra del Fuego, 2012

Cráneo de zorro, Tierra del fuego, 2012

Cráneo de guanaco, Tierra del Fuego, 2012

Ala de rapaz, Tierra del Fuego, 2012

10 dic 2011

A veces...

A veces todo me parece una brutal mentira,
las sonrisas, las miradas, los abrazos y hasta las palabras.
Todo parece una macabra invención
de algún ocioso novelista que prepara solo la calma 
antes del choque entre las dos fuerzas antagonistas.
De una u otra manera a veces siento que todo se caerá a pedazos.
Los acordes, los bailes y los silencios.


Suerte que es solo raras veces. 
El resto del tiempo... todo me parece hermoso. 



27 nov 2011

Intranquilidad



El miedo y la angustia carcomen las entrañas, se acelera el pulso y la idea de un cambio radical en los planes viene a mi mente como un relámpago que repentinamente rompe con la tranquilidad de mi vientre. Manos temblorosas... no hay calma.


23 nov 2011

Transeúntes

Es algo sabido que el sistema en el que estamos inmersos está cada día más hostil. 
Sin embargo nos pasamos transitando por la vida como quien no es capaz de dirigir ni siquiera el propio andar. La cuestión esencial es creerse el cuento, nada más. 



5 nov 2011

El octopodo

Quizás porque no mataba a esa araña. Solía verla entre los pliegues de la cortina y la esquina del techo que daba justo a su cama. A veces durante días no tenía noticias de ella, pero luego, finalmente reaparecía, cada vez más grande e inquietante. 
Siempre que la veía, pensaba en porqué no la había matado antes. Pero luego le daba la espalda y sin más la olvidaba. Para recordarla luego, más espeluznante. 


Días después de que la araña había muerto, su habitación se llenó de moscas y zancudos, aparecieron las larvas y finalmente todo acabó por podrirse.  

7 oct 2011

Ay Democracia!

Me gustas democracia, pero estas como ausente
y me oyes desde lejos y mi voz no te toca
parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un dolar te cerrara la boca.

24 sept 2011

Ellas

Perdidas en un mar de gente, ellas van de la mano. No se buscan con la mirada, no se llaman despacito, simplemente van de la mano. Navegando entre las personas, entre tantos ojos que las vigilan, pero ellas van tranquilas, paso a paso y tomadas de la mano. 
Y no importará cuántas veces las miren así, seguirán con sus manos enlazadas a pesar de las hirientes caras de incomprensión, a pesar de los gestos de rechazo, a pesar de que el mundo se les venga en contra. Porque si se soltaran de la mano, entonces el cielo se les vendría encima, porque entonces la vida ya no tendría sentido, porque al menos tomadas de la mano, el rechazo del mundo se hace soportable, porque al menos tomadas de la mano, tienen una razón en la vida para sonreír.


20 sept 2011

La loca

Se resbalan dulces palabras desde las bocas, susurradas como la brisa. Y caen lentas en la piel y por los ejes. Mancha la tinta, sin remedio, la carta con las cosas que no se dijeron. Avanza irremediablemente segura hacia las confesiones y ahoga la verdad. 
Y la que escribiera aquellas letras abandona una lágrima sobre el líquido derramado. Luego abre la ventana y escapa, va hacia las nubes, porque estar allí la reconforta. Un hogar ligero y volátil, temporal y embustero. Con el humo se inventa nuevos mundos, moldea días, besos y cuerpos. Luego baja y en su escritorio yace aquella carta asesinada, y llora. Se escandaliza porque dentro de ella florece un sentimiento y se sienta de nuevo, entre la amargura y la soledad a despojarse declaraciones falsas. 
Es cuando los semblantes amorosos asedian su confundida cabeza, mirándola con bocas suaves, con ojos risueños, con manos amigas. Entonces en su desesperación abre sus venas y descubre dentro de ella el olor nauseabundo del engaño, todo revienta, todo explota, todo acaba. Solo restan dolor y ausencia. 

28 jun 2011

El juego del niño

Desde hacia muchos años que ya todo era un caos. Ya nadie recordaba en qué momento todo había dejado de funcionar. La guerra había consumido sus vidas, sus recuerdos y sus memorias, todo al tiempo en que toda la estructura se vino abajo y ya no quedó nada. Ya no habían estados, gobiernos, fronteras. Todo eran foragídos, enemigos, vagabundos.  


No había nada que echarle al sartén, ni camas donde dormir, ni techos bajo los cuales resguardarse. Ya no habían forestas a las cuales huir, todo eran ruinas de un mundo que había dejado tras de si mucho más que sueños rotos. Hombres destruidos, mujeres de miradas perdidas, cadáveres por doquier. Sangre coagulada en todos los rincones, cuerpos mutilados mezclados con escombros y polvo. La esperanza era una palabra muerta. El amor simplemente se había esfumado de los corazones. Los crímenes eran pan de cada día, cada individuo luchaba por su propia subsistencia. Pero pocos luchaban ya, puesto que la vida entera era una espantosa condena y quizá la muerte era el más preciado descanso, esa era toda la esperanza. 


Abominables hombres, si es que pudiésemos llamarles hombres, que vivían bien, solo pensaban en progreso. Pocos viajes hacían a la tierra, en general para conseguir esclavos y algunos elementos que allá afuera no existían. Todo para mantener en pie su sociedad perfecta al estilo mundo feliz.   


Entre todo este escenario desolador, tras el telón, un niño jugaba con pompas de jabón. Jugaba a hacer pompas y a reventarlas, mientras cantaba una canción. Iba casi desnudo, estaba desnutrido y muy débil, pero sonreía. No había una madre que lo cuidara, ni un padre que lo acompañara. Estaba solo, jugando con pompas de jabón. 




Gonzalo Ruiz. Como pompas de jabón. Óleo sobre lienzo 16" x 20"

20 jun 2011

Desprecio

Hoy no vengo a hablar de corazones, sentimientos ni amores. Ni siquiera de pensamientos vagos o ideas sueltas. Ni de ideales, utopías o esperanzas. Ni siquiera pretendo mencionar sombras del pasado, recuerdos, olvidos. Hoy vengo a testimoniar lo que siento casa vez que escucho hablar a ese hombre de lentes y nariz ancha. Cada vez que ese "señor ministro" abre su pico, me revienta la hiel. Cada vez que leo una declaración que escapó de su persona, entonces me explota la cabeza. Siento que él aplica a cabalidad la versión masculina de la "mosquita muerta": Se hace olímpicamente el weón. 


Señor Lavín, ojalá renunciara. Por el bien de la popularidad de su gobierno que va como cuervo en picada, por bien a su reputación (que hasta el momento vendrían siendo las primeras 6 letras de la palabra más "que lo parió"). Por el bien de todos nosotros que nos entran unas ganas incontrolables de acabar con nuestra vida cada vez que le vemos en la cajita que emite sonidos e imágenes, a menos de que desee un suicidio masivo de estudiantes en Chile. No es que le desee mal, pero ojalá le diera una colitis tan tremenda que no pudiera salir más del baño. Señor ¡Renuncie!... y que Dios me perdone, pero puta el weón imbécil, que rabia. 


Sin más ná que decir. Me despido cordialmente de todos los que me leen. Espero no haberles hecho perder demasiado tiempo. Nos vemos en la próxima entrada.   

11 jun 2011

puntos menos al Karma

Hoy estoy sin ánimos. 
Todo se fué en esas conversaciones y en el tratar de respirar el aire denso de sentencia y traición. 
Puedo decir, no luché hasta el final. Es decir, perdí. Perdí lo único que podía perder y perdí contra lo único que podía perder, perdí la credibilidad en mi misma, perdí contra mi. Las amistades... las promesas... los fuegos en las lunas llenas. Todo eso lo escondí por miedo, miedo a levantarme y defender lo que creía justo. La confusión no me permitió hilar ideas claras en mi mente y levantar mi trasero para hablar y decir que la situación era injusta. 

Solo pude defenderme a mi misma y de manera pobre. 

Mi contribución al hecho fué solo hacerlo más grave. Todo salió tan mal, de la peor forma posible. 

Finalmente no tengo ánimos de nada. Hoy me siento maldita. Maldita porque esto me pesará en la conciencia más de lo que desearía. Maldita porque será mi karma, hasta que haga algo bueno.

Sin más, sin ganas ni de salir... y que el alcohol me haga olvidar a ratos la desdicha. Sin ganas de pensar en los latidos de mi corazón y lo que me dicen. Sin ganas de soñar... me voy a dormir. Con la esperanza de que mañana sea otro día, donde pueda hacer mejor las cosas... 

2 jun 2011

Rabia y veneno

  


¿Cómo explicarte? 
Quizá tu breve corazón no comprenda jamás lo que pasa en mi pecho. Te paseas por mi casa, por mi pieza, por mi vida como aquel que es sangre de mi sangre, que fué engendrado de las mismas entrañas. No digo que de alguna entraña no seamos comunes, pues de hecho lo somos. Pero eres una extraña a la que me he acostumbrado a soportar. Pero que sepas que esa mirada escurridiza y de reojo que te dedico tiene una razón simple y clara, la misma razón por la cual hace meses que no te miro a los ojos, ni a ti ni a aquel que te acompaña día y noche, formando para mi una especie de pesadilla que me recuerda reiteradamente que tus peleas sobrevivieron a mi historia de risas fáciles, lo que me produce una profunda contradicción de vida, pues siempre he considerado que la vida es, en último instante, justa. 
Pero es a lo mejor que todavía no es el último instante. 

Eres como la ninfa que una y otra vez mira su reflejo en el agua y no sabe más que hablar de si misma y pensar en si. Ocupas mis bosques, mis rios, mi lecho... para amar a aquel que también me es ajeno. Cada vez que resuena tu voz en mi tímpano siento que estallará ese veneno del que vas colmando mi sangre. La hiel que me recorre cada vez que te haces presente en un segundo de mi vida, me hace pensar en carne muerta, carne podrida. Cuerpos mutilados y buitres carroñeros que desgarran cadaveres. Cuervos que pican los ojos del torturado y águilas que rompen las carnes y víceras de Prometeo con sus garras afiladas que penetran en los músculos como dagas de hojas oxidadas.  


23 may 2011

Sombra maldita

Caminaba solitario rumbo a su casa, los adoquines de la calle lo obligaban a caminar de forma irregular. El frío comenzaba a penetrar aquella ciudad que se hundía de a poco en las tinieblas de otra noche más. Apretó su abrigo viejo y hundió su barbilla en la bufanda rahída y deshilachada. Escondió sus manos en los bolsillos mientras pensaba en las nulas ganas que tenía de volver a su cuarto en aquella pensión deplorable. 
Se enfrentó al edificio viejo y desarmado, aquel tétrico estilo del 1800 a veces le incomodaba. Hoy era una de esas veces. Decidió que era un buen momento para fumar el último cigarro. 
Se sentó en el umbral de la pensión y lo encendió. El frío era infinito. Se dedico a juguetear y observar las ánimas que se formaban con la mezcla de humo y vapor que escapaba de su boca. Se prometió que aquella noche no volvería a dormir allí, antes preferiría morir. Cuando acabó de consumirse aquel pequeño punto de luz humeante, se alzó algo desganado y buscó las llaves en su bolsillo. 
Fué entonces cuando reparó en que alguien lo observaba, desde las sombras, al otro lado de la calle. Hechó una mirada furtiva a aquel que lo observaba, abrió la puerta y se internó en el edificio. Subió las escaleras de a dos peldaños, llegó a su habitación y sin encender la luz sacó las pocas monedas que había juntado en la semana, sacó unos guantes viejos que guardaba en un cajón y se los puso. Sonrió, recordó que le faltaban a lo menos 3 dedos a esos guantes, caminó hacia la puerta y cerró. En la penumbra, apenas alumbrado por una lámina de luz de luna que se colaba por algún tragaluz del antiguo edificio bajó las escaleras. Al encontrarse denuevo en la calle, buscó aquella figura misteriosa que lo había observado mientras fumaba, pero no lo hayó. Partió sin rumbo, hacia cualquier lado, con la fuerte determinación de alejarse de ahí.
Deambulaba solo por las calles desiertas, pateando las piedras, buscando un "no-se-qué", que no encontraba, jugueteando con su aliento fantasmagórico. Pasó por afuera de un par de bares donde se oía el murmullo de la muchedumbre, sonidos de vasos, sillas y música. Señoritas se le acercaron haciendole proposiciones que ruborizarían a cualquiera, pero él caminaba impasible, cual hombre viejo que ha vivido demasiado, y cansado de vivir se refugia en su soledad.
Cansado ya de caminar, se detubo bajo la luz de un farol a observar la ciudad nocturna. Luces titilantes, siluetas oscuras, frio y soledad.
De pronto divisó una callejuela sin salida que le llamó la atención. Se acercó despacio, una luz mortecina se escapaba de aquel lugar. Se detubo en la esquina, como titubeando, luego se adentró en aquél rincón mal iluminado. La luz provenía de un bar, se escuchaba un blues lento, de acordes menores, de voz profunda, era casi un lamento.
Se coló por entre las puertas, entre escapando del frio y lleno de intriga, aquella música le hacía vibrar en lo profundo de su alma. El lugar estaba prácticamente vacío, no le fué difícil conseguir una silla en la barra, miró al cantinero, un hombre viejo de mirada profunda y juvenil, que parecía decir mucho y reir a la vez.
- ¿Se le ofrece algo, caballero? -
Miró alrrededor -si, este... una cerveza - improvisó.
Observó con cautela al cantinero, casi con recelo, por respuesta solo recibía sonrisas amistosas. Las notas de aquel blues lo cautivaban. Una vez tubo aquella cerveza en su mano, desvió la vista hacia el lugar de donde provenía la música.
El hombre que cantaba parecía nostálgico, el sombrero que llevaba le tapaba el rostro. Se quedó así, observandolo largo rato. De pronto, quien cantaba alzó la vista hacia él, sus ojos se encontraron en la distancia, entre la niebla de humo, el olor a alcohol y tabaco, entre el sabor de la nostalgia, entre aquellas notas lúgubres. Los ojos de aquel hombre brillaron como dos brasas, su mirada felina quedó fija en los ojos de él y aquella sonrisa lobuna se hizo evidente. Una carcajada calcinante y grave escapó de aquellos labios. Una cola se dejó ver en su espalda, meneandose de un lado para otro, impaciente.
Dejó lo que quedaba de cerveza y unas monedas sobre el mesón y salió de allí lo más rápido que pudo. Un frío glacial lo recorrió de pies a cabeza. A tientas avanzó por el callejón, estaba totalente ebrio.
Sintió un golpe en su espalda y cayó de bruces al suelo, intentó levantarse, pero cayó nuevamente. De un golpe seco en la nuca se nubló su vista y perdió los sentidos.

Al despertar un hilo de sangre caía desde su boca. La cabeza le dolía enormemente, examinó su nuca y descubrió que la sangre aún se hayaba tibia y líquida. No había estado inconsciente durante mucho tiempo. Su cuerpo apenas respondía y un calor lo atacaba desde muy hondo. Apenas se incorporó, miró al cielo, que parecía desangrarse. Amanecía. Avanzó como pudo un par de metros, hasta que por fin miró atrás. No había bar, ni música, ni cantinero, ni rastros de quien pudo atacarlo. Aunque tenía el sabor amargo de aquel blues en su mente. Se fué caminando despacio del lugar, el dolor no le daba tregua. Finalmente llegó al puerto, ya había algo de sol, pero el viento y el frío del invierno no dejaban que entibiara nada. Se sentó al borde de la acera y trató de recordar... ¿cuál era el nombre de ese bar? ... no logró recordar nada más que los ojos brillantes del hombre que cantaba y la melodía de aquella canción que comenzó a tararear despacio. Apenas hubo cantado un par de notas sintió una presencia. Sintió que se desangraba, que se su cuerpo escapaba un fluido denso y tibio. De pronto todo comenzó a cubrirse por una especie de fluido negro, que se colaba por todas partes. Finalmente hasta el sol quedó cubierto por ese velo de oscuridad. - ¡Tínta! - pensó para sus adentros. Muy cerca suyo divisó aquella mirada felina, que lo observaba, lo estudiaba. Ya sin fuerzas, se abandonó al destino. Aquella silueta se acercó lentamente, hasta que pudo sentir su aliento sulfurado, sus ojos brasientos y sus labios, impregnados de aquella sonrisa lobuna. Acarició su mejilla, dejando todo lleno de sangre y tinta. El blues sonaba, fuerte, al ritmo de su corazón. Cerró los ojos fuertemente.

Despertó sobresaltado, se tocó la nuca y no encontró nada particular, examinó su pecho, miró sus manos. Se estiró un momento y se preguntó finalmente que habría sido aquel sueño. Se sentó en su cama cuando por fin reparó en la mesita de luz.
Había un libro que jamás había visto en su vida, puesto allí. El libro estaba manchado con una mezcla de tinta y sangre, lo tomó y abrió una página a azar. El libro desprendió un olor a azufre tan fuerte que tubo que cerrarlo y taparse la nariz. Abrió la ventana para ventilar la habitación. Cuando se decidió a tomarlo denuevo, lo analizó detenidamente, cuando finalmente leyó el título "Sombra maldita" - ¡ése! - pensó - ¡ése era el nombre del Bar! -

18 may 2011

El de los mil nombres... segundo encuentro

Sus ojos a media hasta y su mirada opaca, que confundía y mezclaba las palabras que leía la hicieron detenerse. Ya era muy entrada la noche cuando por fin, apoyó aquella novela en la mesita de luz que se hayaba a un lado de su cama y decidió que era mejor descansar. Mañana podría seguir leyendo.
Su corazón latía rápido, aquella novela parecía conocerla y adivinar sus pensamientos. Sus más oscuros temores y obscenos deseos. Hundió la cabeza en su almohada, ansiando que el sueño se apoderara de ella, pero no, estaba exhausta... pero no tenía sueño. 
Se acomodó como pudo en su cama, entre cojines y mantas que ocupaban más espacio que ella. De pronto paró en seco... un rayo de intranquilidad cruzó su mente y dejó una estela de temor en su corazón. Se le heló la sangre, escuchó atentamente aquello que parecía una respiración profunda y cavernosa, como la respiración de un fumador empedernido. Una brisa tibia recorrió aquella habitación, demasiado pequeña y demasiado grande a la vez. El olor a tabaco negro enrareció aún más el aire, con una mezcla de olor a azufre y libro viejo. Cerró los ojos lo más fuerte que pudo y se ocultó bajo las sábanas, con la certeza de que aquello la observaba, con grandes ojos amarillos y esa sonrisa de hiena desde el otro lado de la cama...