Caminaba solitario rumbo a su casa, los adoquines de la calle lo obligaban a caminar de forma irregular. El frío comenzaba a penetrar aquella ciudad que se hundía de a poco en las tinieblas de otra noche más. Apretó su abrigo viejo y hundió su barbilla en la bufanda rahída y deshilachada. Escondió sus manos en los bolsillos mientras pensaba en las nulas ganas que tenía de volver a su cuarto en aquella pensión deplorable.
Se enfrentó al edificio viejo y desarmado, aquel tétrico estilo del 1800 a veces le incomodaba. Hoy era una de esas veces. Decidió que era un buen momento para fumar el último cigarro.
Se sentó en el umbral de la pensión y lo encendió. El frío era infinito. Se dedico a juguetear y observar las ánimas que se formaban con la mezcla de humo y vapor que escapaba de su boca. Se prometió que aquella noche no volvería a dormir allí, antes preferiría morir. Cuando acabó de consumirse aquel pequeño punto de luz humeante, se alzó algo desganado y buscó las llaves en su bolsillo.
Fué entonces cuando reparó en que alguien lo observaba, desde las sombras, al otro lado de la calle. Hechó una mirada furtiva a aquel que lo observaba, abrió la puerta y se internó en el edificio. Subió las escaleras de a dos peldaños, llegó a su habitación y sin encender la luz sacó las pocas monedas que había juntado en la semana, sacó unos guantes viejos que guardaba en un cajón y se los puso. Sonrió, recordó que le faltaban a lo menos 3 dedos a esos guantes, caminó hacia la puerta y cerró. En la penumbra, apenas alumbrado por una lámina de luz de luna que se colaba por algún tragaluz del antiguo edificio bajó las escaleras. Al encontrarse denuevo en la calle, buscó aquella figura misteriosa que lo había observado mientras fumaba, pero no lo hayó. Partió sin rumbo, hacia cualquier lado, con la fuerte determinación de alejarse de ahí.
Deambulaba solo por las calles desiertas, pateando las piedras, buscando un "no-se-qué", que no encontraba, jugueteando con su aliento fantasmagórico. Pasó por afuera de un par de bares donde se oía el murmullo de la muchedumbre, sonidos de vasos, sillas y música. Señoritas se le acercaron haciendole proposiciones que ruborizarían a cualquiera, pero él caminaba impasible, cual hombre viejo que ha vivido demasiado, y cansado de vivir se refugia en su soledad.
Cansado ya de caminar, se detubo bajo la luz de un farol a observar la ciudad nocturna. Luces titilantes, siluetas oscuras, frio y soledad.
De pronto divisó una callejuela sin salida que le llamó la atención. Se acercó despacio, una luz mortecina se escapaba de aquel lugar. Se detubo en la esquina, como titubeando, luego se adentró en aquél rincón mal iluminado. La luz provenía de un bar, se escuchaba un blues lento, de acordes menores, de voz profunda, era casi un lamento.
Se coló por entre las puertas, entre escapando del frio y lleno de intriga, aquella música le hacía vibrar en lo profundo de su alma. El lugar estaba prácticamente vacío, no le fué difícil conseguir una silla en la barra, miró al cantinero, un hombre viejo de mirada profunda y juvenil, que parecía decir mucho y reir a la vez.
- ¿Se le ofrece algo, caballero? -
Miró alrrededor -si, este... una cerveza - improvisó.
Observó con cautela al cantinero, casi con recelo, por respuesta solo recibía sonrisas amistosas. Las notas de aquel blues lo cautivaban. Una vez tubo aquella cerveza en su mano, desvió la vista hacia el lugar de donde provenía la música.
El hombre que cantaba parecía nostálgico, el sombrero que llevaba le tapaba el rostro. Se quedó así, observandolo largo rato. De pronto, quien cantaba alzó la vista hacia él, sus ojos se encontraron en la distancia, entre la niebla de humo, el olor a alcohol y tabaco, entre el sabor de la nostalgia, entre aquellas notas lúgubres. Los ojos de aquel hombre brillaron como dos brasas, su mirada felina quedó fija en los ojos de él y aquella sonrisa lobuna se hizo evidente. Una carcajada calcinante y grave escapó de aquellos labios. Una cola se dejó ver en su espalda, meneandose de un lado para otro, impaciente.
Dejó lo que quedaba de cerveza y unas monedas sobre el mesón y salió de allí lo más rápido que pudo. Un frío glacial lo recorrió de pies a cabeza. A tientas avanzó por el callejón, estaba totalente ebrio.
Sintió un golpe en su espalda y cayó de bruces al suelo, intentó levantarse, pero cayó nuevamente. De un golpe seco en la nuca se nubló su vista y perdió los sentidos.
Al despertar un hilo de sangre caía desde su boca. La cabeza le dolía enormemente, examinó su nuca y descubrió que la sangre aún se hayaba tibia y líquida. No había estado inconsciente durante mucho tiempo. Su cuerpo apenas respondía y un calor lo atacaba desde muy hondo. Apenas se incorporó, miró al cielo, que parecía desangrarse. Amanecía. Avanzó como pudo un par de metros, hasta que por fin miró atrás. No había bar, ni música, ni cantinero, ni rastros de quien pudo atacarlo. Aunque tenía el sabor amargo de aquel blues en su mente. Se fué caminando despacio del lugar, el dolor no le daba tregua. Finalmente llegó al puerto, ya había algo de sol, pero el viento y el frío del invierno no dejaban que entibiara nada. Se sentó al borde de la acera y trató de recordar... ¿cuál era el nombre de ese bar? ... no logró recordar nada más que los ojos brillantes del hombre que cantaba y la melodía de aquella canción que comenzó a tararear despacio. Apenas hubo cantado un par de notas sintió una presencia. Sintió que se desangraba, que se su cuerpo escapaba un fluido denso y tibio. De pronto todo comenzó a cubrirse por una especie de fluido negro, que se colaba por todas partes. Finalmente hasta el sol quedó cubierto por ese velo de oscuridad. - ¡Tínta! - pensó para sus adentros. Muy cerca suyo divisó aquella mirada felina, que lo observaba, lo estudiaba. Ya sin fuerzas, se abandonó al destino. Aquella silueta se acercó lentamente, hasta que pudo sentir su aliento sulfurado, sus ojos brasientos y sus labios, impregnados de aquella sonrisa lobuna. Acarició su mejilla, dejando todo lleno de sangre y tinta. El blues sonaba, fuerte, al ritmo de su corazón. Cerró los ojos fuertemente.
Despertó sobresaltado, se tocó la nuca y no encontró nada particular, examinó su pecho, miró sus manos. Se estiró un momento y se preguntó finalmente que habría sido aquel sueño. Se sentó en su cama cuando por fin reparó en la mesita de luz.
Había un libro que jamás había visto en su vida, puesto allí. El libro estaba manchado con una mezcla de tinta y sangre, lo tomó y abrió una página a azar. El libro desprendió un olor a azufre tan fuerte que tubo que cerrarlo y taparse la nariz. Abrió la ventana para ventilar la habitación. Cuando se decidió a tomarlo denuevo, lo analizó detenidamente, cuando finalmente leyó el título "Sombra maldita" - ¡ése! - pensó - ¡ése era el nombre del Bar! -