Y que sepas que aunque tenga el peor de los días, siempre me haré un tiempo para amarte lenta y delicadamente, adorar tu piel, rozar tu vientre suavemente con la punta de mis manos y perderme en tu sonrisa.
Que aunque me abrume el cansancio, aunque el cuerpo se resienta... los fuegos que se encienden con tus besos no se apagan fácilmente. Y el corazón, como un tambor, que lleva el ritmo de un deseo juguetón, que se esconde, que aparece, que se escapa y que vuelve.
Y que sepas que en el peor de los casos, puedo recibirte en mi pecho, desordenar tus pensamientos alborotados, susurrarte mi felicidad y hacerte soñar con nubes de colores.
Y ahora, que voy sola entre sábanas y almohadas, extraño tu peso y tus huesos. La cama se hace inútilmente grande y la habitación demasiado fría.
