El Dante siempre maulla y no se porqué. Se sienta en la ventana a maullar y maullar. Si lo hago entrar, se sienta en el medio de la pieza, me mira y maulla... luego se va a comer. Si no lo dejo entrar, maulla en mi ventana por un largo rato.
A veces me pregunto porqué lo hace. ¿qué gana?
No, definitivamente no gana nada. Y... ¿qué querrá decir con esos incesantes maullidos?
Lo que más me intriga es ¿porqué lo quiero tanto?
Es un animal oportunista, regalón cuando solo él quiere, glotón cuando solo él tiene hambre, juguetón cuando solo a él se le da la gana y dormilón solo porque quiere.
En el fondo, no me necesita. Quizá es eso lo que amo de él, que no me necesita... y sin embargo me maulla en la ventana y me persigue cuando salgo.
Recuerdo con serenidad aquellas mañanas mías, en que sola, tibiecita en mi cama me he dedicado a alimentar mi espíritu con un buen libro entre cejas y una taza de café en mi mano, y si, el infaltable ronrroneo y calorcito de Dante entre mis pies. Sin saber que lo quiero, sin importarle que si le pasa algo me muero de pena. No, él no me necesita y lo quiero inmesamente. Mi regalón.
