Ya he jugado un par de veces el juego. Asumo... no me aburre para nada, es más, lo hayo entretenido. Una curiosa manera de tener una razón por la cual levantarse cada día, una interesante manera de extrañar, una divertida forma de querer.
Pero esta vez el juego es distinto, distinto para mi. Distinto por la sola y única razón de que yo ahora juego con las piezas negras. Siempre había jugado de blanco, siempre dando yo la partida.
Esta vez no.
Esta vez me he sentado del otro lado y solo espero su primer movimiento. A ver si por una vez al menos puedo darme el lujo de solo responder y no yo tomar la iniciativa de mover. Una vez que muevas la primera pieza (¿peón o caballo?) comenzará la batalla, que finalmente siempre termina con a lo menos un corazón expuesto, brasas que no quieren apagarse y las ganas de un abrazo.
Unas tantas veces he jugado. Pero ahora no quiero jugar tan enserio, "ne troppo ne poco sul serio". Quiero jugar al instinto, quiero jugarme al destino. ¿Quién quedará en Jaque mate? En el fondo quiero jugar pa' quitarme esta soledad de encima, que me tiene abrumada. Y que él juegue conmigo pa' no estar solo... y que me cante así...
Creo que me iré a la cama. Por alguna razón que no desonosco, pero no deseo confesar... presiento que me entretendré más cerrando los ojos bajo mis sábanas que inventando historias.
Pasajeros listos. La nave está por despegar a Venus.
Habían quedado de verse a las once menos cuarto en el parque, en el tercer banquito. Ella había llegado con bastante anticipación, así que se dedicó a recorrer los alrrededores, sin alejarse demasiado de ahí, por miedo a perder irremediablemente la oportunidad de esa cita. Se acercó a un arbusto con grandes flores amarillas, tomó una y la puso sobre su lóbulo derecho.
Con delicados movimientos fué al banquito y se sentó, sacó un libro del morral y comezó a leer, para comerse las ganas de acelerar el reloj. Se entretubo leyendo largo rato, auque sin prestar demasiada atención, cuando se percató de la hora. Eran las diez y cinco y el parque se veía solitario, de no ser por los pajarillos que revoloteaban por ahí, y por ella. Su corazón se aceleró un poco, pero decidió seguir leyendo.
De pronto, con el rabillo del ojo percibió aquella silueta inconfundible, reconoció los pasos rápidos a lo lejos. Cerró el libro y lentamente lo guardó en el bolso. Con lentitud y gracia alzó la vista hasta encontrarse de frente con la mirada del muchacho.
- llegas tarde... - dijo ella.
- llego tarde... -respondió él - perdó... -
- ¡no importa! - interrumpió ella, levantandose de un brinco y colgandose del brazo del chiquillo. El manzanillón a un lado la hacía ver algo graciosa, pero fresca y juvenil. Su vestido blanco jugaba a descubrir partes de sus muslos . Su mirada misteriosa y sincera eran algo hipnotizante.
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Cuando por fin se propusieron despedirse, ambos llevaban la sensación de gusto a poco en la piel. Se miraron a los ojos y ambos adivinaron qué debía suceder, pero también porqué no sucedía. Guardaron silencio unos instantes, mirandose de frente, hasta que ella rompió aquel momento con una dócil sonrisa.
- Te debo un café ... - improvisó él, arriesgandose a continuar con el juego.
- quizá... - respondió ella, con un vacío en su corazón. Quizá por las ganas que tenía de gritarle que deseaba verlo a cada instante y que casi cualquier excusa era buena - ¡Pero a la próxima no llegues tarde! - aventuró ella, tratando de parecer un poco dura, algo indiferente. Él se avergonzó un poco.
Finalmente se dieron un beso en la mejilla para decirse adiós, lo último que separaron fueron sus manos, para partir hacia rumbos opuestos. No había caminado una veintena de pasos cuando sintió ese andar rápido de quien corre para alcanzar la vida, se giró y lo vió a él, a pasos de ella. Él la miró en silencio, un breve intante, que fueron mil años, con suavidad rodeó con sus manos la cara de ella y la besó, luego, dió media vuelta y se fué. Pero esta vez, para siempre.
¿Cómo explicarte?
Quizá tu breve corazón no comprenda jamás lo que pasa en mi pecho. Te paseas por mi casa, por mi pieza, por mi vida como aquel que es sangre de mi sangre, que fué engendrado de las mismas entrañas. No digo que de alguna entraña no seamos comunes, pues de hecho lo somos. Pero eres una extraña a la que me he acostumbrado a soportar. Pero que sepas que esa mirada escurridiza y de reojo que te dedico tiene una razón simple y clara, la misma razón por la cual hace meses que no te miro a los ojos, ni a ti ni a aquel que te acompaña día y noche, formando para mi una especie de pesadilla que me recuerda reiteradamente que tus peleas sobrevivieron a mi historia de risas fáciles, lo que me produce una profunda contradicción de vida, pues siempre he considerado que la vida es, en último instante, justa.
Pero es a lo mejor que todavía no es el último instante.
Eres como la ninfa que una y otra vez mira su reflejo en el agua y no sabe más que hablar de si misma y pensar en si. Ocupas mis bosques, mis rios, mi lecho... para amar a aquel que también me es ajeno. Cada vez que resuena tu voz en mi tímpano siento que estallará ese veneno del que vas colmando mi sangre. La hiel que me recorre cada vez que te haces presente en un segundo de mi vida, me hace pensar en carne muerta, carne podrida. Cuerpos mutilados y buitres carroñeros que desgarran cadaveres. Cuervos que pican los ojos del torturado y águilas que rompen las carnes y víceras de Prometeo con sus garras afiladas que penetran en los músculos como dagas de hojas oxidadas.
El sabor amargo sigue en el paladar. La taza humea aún, dejando escapar los últimos fantasmas de vapor, mis parpados pesan como plomo.
En mi mente, en este momento, solo hay cabida para tí, como al cielo sombrío solo le caben las estrellas y la luna. Pienso en si alguna vez llegará tu piel a hacerme compañía, si alguna vez tu tibieza se posará en la mia. Imagino descubriendote y conquistandote como a un nuevo continente, lleno de misterios y selvas casi virgenes. Recorriendote con ansias y anhelos de fundar un poblado en tu memoria, apoderarme de un pedazito de tu boca.
Con estas palabras voy esculpiendote en silencio, en el recuerdo de un futuro que quizá nunca sea. Con el cincel de mis sueños vas haciendote tan real, vamos jugando con el fuego del amarnos sin amar.