Hubo un tiempo en que el centauro disfrutaba de la compañía de las musas. Estaba con ellas largos ratos, a veces solo las observaba como se bañaban, como jugaban... Charlaban horas sin aburrirse. Se reían hasta que el aire les hacia falta.
Pero cierto día, el centauro recibió un arco. Comenzó primero de a poco, practicando a ratos y hablando mucho. Las musas pronto comenzaron a aburrirse de escucharlo hablar de aquella herramienta, en el fondo maligna, en el fondo guerra.
Ahora el centauro piensa todo el día en su arco y en su corazón lleva a las musas. Ellas lo extrañan desde su pequeño estero, pero saben que él no piensa en ellas. Y se alegran cuando lo ven, aunque venga a amarlas por tan solo una noche escasa. Se acabaron las conversaciones, los jugueteos, las admiraciones. A veces las musas se arrancan un poco de él, se sienten tristes. Porque lo sienten tan distante, tan lejano detrás de su arco...
Entonces muchas prefieren observarlo, transformadas en delicadas flores o arboles de finas ramas. Y recordar el tiempo en que él disfrutaba de su compañía, y sonríen nostálgicas.



